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12/Feb/2020

Una mujer británica se recuperó por completo después de sufrir un paro cardíaco de seis horas causado por una hipotermia severa, una condición que, según los médicos, también le salvó la vida.

Audrey Schoeman, de treinta y cuatro años, quedó atrapada en una tormenta de nieve mientras caminaba por la cordillera de los Pirineos en España el 3 de noviembre, y su esposo Rohan llamó a los servicios de emergencia cuando se desmayó, según un comunicado del Hospital Vall d’Hebron en Barcelona.

 

“Pensé que estaba muerta”, dijo Rohan en una entrevista con la emisora ​​local TV3.

“Estaba tratando de sentir el pulso… no podía sentir su respiración, no podía sentir un latido”, recordó.

Schoeman fue llevada a Vall d’Hebron, donde el doctor Jordi Riera fue parte del equipo que la atendió.

Riera le dijo a CNN que el cerebro humano generalmente sufre daños irreparables si el corazón deja de latir durante cinco minutos, y Schoeman representa un caso muy raro.

“Lo que le sucedió a ella es consecuencia de la caída de la temperatura corporal”, dijo Riera.

Explicó que Schoeman sobrevivió con un resultado neurológico perfecto porque la caída extrema de la temperatura corporal que detuvo su corazón también desaceleró el metabolismo de su cerebro, lo que le permitió al órgano lidiar mejor con la falta de oxígeno.

La temperatura corporal de Schoeman había bajado a 18 grados Celsius, mucho más baja que la normal de 36,5 a 37,5 grados Celsius, y el equipo del hospital usó una máquina de oxigenación por membrana extracorpórea (ECMO) para mantenerla viva.

La ECMO reemplaza la función del corazón y los pulmones, permitiendo a los médicos oxigenar la sangre de Schoeman y bombearla alrededor del cuerpo.

Riera, quien es directora médica del programa ECMO en Vall d’Hebron, dijo que su cuerpo se calentó lentamente y pudieron hacer que su corazón latiera nuevamente después de seis horas.

“Se despertó y preguntó: ‘¿Qué estoy haciendo aquí?’”, dijo Riera.


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12/Feb/2020

Saber exactamente qué sección del cerebro cortar es una tarea laboriosa aún para el neurocirujano más experimentado.

Identificar a simple vista la zona por la que se extiende un tumor y retirarlo sin dañar tejido sano es una moneda al aire para cualquier médico que sabe que entre más células cancerosas deje a su paso el tumor podría reaparecer.

Este procedimiento podría ser más certero gracias a una nueva tecnología de mapeo de tumores cerebrales en tiempo real desarrollada por científicos del Hospital John Hopkins. Se trata de la tomografía de coherencia óptica (TCO), una técnica que se ha usado por años para obtener imágenes de la retina, pero ahora fue adaptada para detectar el tejido cancerígeno en el cerebro usando un principio similar al de los ultrasonidos, pero mediante ondas de luz en lugar de sonoras.

Después de 5 años de investigación, el equipo del mexicano Alfredo Quiñones-Hinojosa de la Escuela de Medicina y Carmen Kut, estudiante de doctorado de ingeniería biomédica, lograron identificar las propiedades ópticas del tejido canceroso y su interacción con la luz.

Una característica del cáncer es la multiplicación rápida de células anormales que se extienden más allá de sus límites habituales y pueden invadir partes adyacentes del cuerpo o propagarse a otros órganos, proceso conocido como metástasis. Las células de cáncer al ser anormales son más densas y por ende interactúan de forma distinta ante un estímulo de luz.

Quiñones-Hinojosa explicó en entrevista con CNNExpansión que el tejido canceroso es diferente porque se modifica la cantidad de núcleo y citoplasma de las células. Además el cáncer destruye la mielina, la sustancia que envuelve y protege los axones de ciertas células nerviosas y cuya función principal es la de aumentar la velocidad de transmisión del impulso nervioso, por lo que su interacción con la luz cambia en comparación con el tejido sano.

Gracias al hallazgo de esta interacción con la luz, el investigador Xingde Li del Departamento de Ingeniería Biomédica de John Hopkins desarrolló un algoritmo que codifica en colores la respuesta de cada tipo de tejido a la luz.

“Codificamos las diferencias entre el tejido sano y el tejido con cáncer en un mapa de color que representa cada propiedad óptica, en el tejido enfermo la luz tarda más en decaer o atenuarse, mientras que en el sano decae más rápido. Así el tejido con cáncer se muestra en una pantalla al médico en color rojo, mientras el sano se muestra en verde”, explicó en entrevista con CNNExpansión Xingede Li.

Más rápido, seguro y barato

A decir del neurocirujano Alfredo Quiñones-Hinojosa “es una agonía sacar estos tumores, porque en la penumbra el cerebro se ve normal, pero en la imagen de resonancia magnética (MRI) postoperatoria se revela el verdadero volumen del cáncer”.

Para Xingde Li, la TCO no sustituye al MRI, pero la apoya al ofrecer una imagen con mejor resolución y precisión de la extensión del tumor al cubrir un volumen de 8 a 16 milímetros cúbicos en una velocidad de 110 a 215 cuadros por segundo. El tejido escaneado se muestra en la pantalla en el mapa de colores por lo que ofrece una guía continua y precisa.

El TCO también reduciría los costos para algunos hospitales en países con menores recursos, ya que una suite de MRI en el quirófano puede costar de unos 5 a 10 millones de dólares, mientras los investigadores de John

Hopkins calculan que su TCO podría comercializarse entre 100 a 200 mil dólares lo que lo haría más accesible a neurocirujanos de todo el mundo.

Pruebas en humanos

Los investigadores probaron la técnica en tejido cerebral canceroso de 32 pacientes humanos y en 5 muestras de pacientes humanos sanos, así como en un modelo de 5 roedores con cáncer que comprobó la viabilidad intraoperatoria en personas.

Tras estos resultados, los científicos probarán la técnica en 5 pacientes humanos con cáncer primario cerebral –tumores que se originan en el Sistema Nervioso Central– en julio de este año.

“Ahora tenemos mucha tarea por delante, tenemos que refinar la tecnología lo que significa hacerla más fácil de usar, resolver la logística y hacerla mucho mejor. Es un trabajo en equipo”, explicó Xingde Li.

Carmen Kut, la estudiante de doctorado que puso en contacto a los laboratorios de Quiñones-Hinojosa y de Li, espera que la técnica pueda usarse para detectar otros tipos de cáncer como el oral, gastrointestinal e incluso el cervical. Por ahora se centran en identificar vasos sanguíneos y en alertas del sistema para evitar que los cirujanos los corten.

El equipo de Quiñones-Hinojosa estudia la aplicación del TCO en cáncer de pulmón y de mama por ser de los principales en migrar al cerebro, conocidos como tumores cerebrales secundarios.

Este tipo de tumores forman metástasis en el cerebro con células iguales a las que dieron origen a la enfermedad en su ubicación primaria, de acuerdo con el Instituto Nacional de Cáncer de Estados Unidos.

Entre 2000 y 2004, el cáncer encefálico, incluidas las meninges, representó 1.72% de las neoplasias diagnosticadas en el Instituto Nacional de Cancerología de México con 331 casos, de acuerdo con el Registro Hospitalario de Cáncer.

Los resultados de la investigación se publicaron en la edición del 17 de junio de la revista especializada Science Translational Medicine.


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28/Ene/2020

Un aperitivo de patatas fritas, una rebanada de pan blanco en cada una de las principales comidas, 120 gramos de pizza, cuatro galletas de chocolate o tres cuartos de un donut. Estos alimentos, y en las cantidades exactas que se indican, comparten algo más que su alto contenido en calorías vacías, su escaso o nulo valor nutricional o el consejo de que su consumo debería ser ocasional. Cada uno suma 300 calorías, exactamente las que deberíamos eliminar de nuestra dieta diaria para alejar significativamente el riesgo cardiometabólico o, lo que es lo mismo, reducir la probabilidad de daño al corazón y los vasos sanguíneos a causa de colesterol LDL alto, exceso de grasa en la sangre, bajo colesterol HDL, presión arterial alta, resistencia a la insulina y obesidad.

La propuesta llega de la Universidad de Duke, en Estados Unidos, y lo más curioso es que atañe a todas las personas: gordas y menos gordas, flacas y menos flacas. Aquí no hay indulto para nadie. Lo que la investigación, dirigida por el cardiólogo y profesor de Medicina William Kraus, ha querido demostrar es que, independientemente del peso que uno tenga, una restricción calórica moderada mantenida en el tiempo supone una ventaja sustancial para la salud cardiovascular en individuos jóvenes y de mediana edad que no son obesos. ¿No renunciaríamos a esos caprichos por una promesa cuyos beneficios llegarán también a largo plazo? Visto así, ¿qué son 300 calorías?

Un 10% menos de peso en dos años

Los 218 adultos menores de 50 años que participaron en la investigación forman parte del proyecto CALERIE, que está en curso y cuyo objetivo es evaluar los efectos a largo plazo de la reducción de ingesta de calorías. Los científicos les pidieron que redujeran el 25% de calorías diarias durante 24 meses, aunque el promedio se quedó en el 12%. No solo consiguieron bajar un 10% de su peso, la mayor parte (71%) en grasa, sino que las mejoras en los registros que miden la posibilidad de enfermedad metabólica fueron evidentes. Tras someterse a dos años de restricción calórica moderada, los voluntarios mejoraron sus niveles de colesterol (un término rodeado de medias verdades), presión arterial, lípidos plasmáticos, proteína C reactiva de alta sensibilidad y glucosa, entre otros marcadores de riesgo cardiovascular. También presentaron menores niveles de inflamación crónica, que está relacionada con las enfermedades cardíacas, el cáncer y el deterioro cognitivo.

Los hallazgos de este ensayo, publicado en la revista The Lancet Diabetes&Endocrinology, delatan que, en lugar de obsesionarse tanto por la pérdida de peso, la población debería preocuparse más por los cambios metabólicos que ocurren al decidir consumir menos calorías de las que se gastan. «La gente -señala Kraus- puede atenuar la carga de la diabetes o la enfermedad cardiovascular con bastante facilidad, simplemente controlando sus pequeñas tentaciones aquí y allá, o tal vez reduciendo la cantidad de ellas, sobre todo después la cena».

Pero a los autores del trabajo aún les falta dar con esa molécula prodigiosa que sería la responsable de que todo esto suceda. «Hay algo acerca de la restricción calórica, un mecanismo que aún no entendemos, que da como resultado estas mejoras», dice Kraus. De momento, ya se han puesto a la tarea de seguir explorando, a partir de las muestras recolectadas de las personas involucradas en el estudio, hasta dar con esa señal metabólica o molécula mágica.

Las calorías de la fruta no se tocan

Suena prometedor, pero el planteamiento de las 300 calorías menos que propone la Universidad de Duke, según la nutricionista Elena de la Fuente, debe interpretarse con un matiz inexcusable: «No sirve restarlas si no se mantiene una alimentación adecuada a cualquier edad e independientemente del peso. La clave, por tanto, para evitar esos factores asociados con una prevalencia mayor de morbilidad y mortalidad cardiovascular, sería vigilar la procedencia de esas calorías sobrantes. De nada valdría eliminarlas de las frutas y verduras, por ejemplo».

El consejo de la nutricionista es empezar a revisar la energía que procede de productos de escaso valor nutricional y caprichos superfluos que están reemplazando en nuestra dieta a la comida real, es decir, a los granos enteros e integrales, vegetales, legumbres y proteínas de calidad. De la Fuente da por bueno el consejo de Duke si las calorías se restan a los azúcares y cereales refinados, ausentes de fibra y de absorción rápida; a los zumos, que tampoco tienen fibra y cuyo consumo habitual se asocia con riesgo de sobrepeso, diabetes y enfermedad cardiovascular; y a los productos procesados ricos en grasas saturadas y trans, que no producen saciedad (un concepto que hay que tener muy en cuenta en la dieta) y favorecen la aparición de exceso de grasa visceral o abdominal y de enfermedades relacionadas con el síndrome metabólico.

Igual que los investigadores de Duke, la dietista-nutricionista insiste en la gravedad de esa tendencia a consumir más energía de la que necesitamos, algo que se observa rápidamente en la mayoría de los menús diarios y en nuestro estilo de vida, a menudo demasiado sedentario. De la Fuente recomienda vigilar más estos aspectos que buscar el consuelo de la báscula. «Un peso aparentemente saludable», precisa, «puede ocultar mal estado metabólico según dónde se concentre la grasa, la composición corporal, antecedentes familiares o parámetros desviados en la analítica». La especialista recuerda que siempre habrá mayor riesgo cardiovascular cuando el peso tiende a acumularse en la zona abdominal, donde se encuentran parte de los órganos vitales.

¿Es seguro restringir la energía?

Estas advertencias no pueden ser más oportunas teniendo en cuenta que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las principales causas mortales de este siglo incluyen la diabetes, enfermedades cardiacas, cáncer, infarto cardiaco y Alzheimer. Y la propia OMS reconoce la restricción calórica sin malnutrición como una estrategia muy prometedora para retrasar el comienzo y el progreso de esas enfermedades metabólicas.

Pero también deja claro que esa disminución debe hacerse sin la falta de macro y micronutrientes, y sabiendo que el número de calorías que cada uno necesita realmente va a depender de la edad, el sexo o el nivel de actividad. Según la Fundación Española de Nutrición (FEN), la ingesta media en nuestro país es de 2.110 calorías, ligeramente por encima de las 2.000 diarias que, como término medio, se considera idóneas. El consejo de De la Fuente es comer de todo, pero equilibradamente y en las proporciones adecuadas, evitando los alimentos con mayores concentraciones calóricas que, por otra parte, suelen tener su origen en los antojos o el llamado hambre emocional.

Las ventajas de la restricción calórica se han comprobado con éxito en hongos, moscas, gusanos, peces y mamíferos. Los estudios en humanos son limitados debido a su dificultada para mantener un seguimiento a lo largo del tiempo y sin que los resultados se vean afectados por otras circunstancias. Un ensayo con dos monos gemelos en la Universidad de Wisconsin Madison, en 1989, validó los resultados obtenidos con animales de menor tamaño y demostró a la comunidad científica la necesidad de ensayos aleatorios controlados en humanos.

El estudio CALERIE comenzó en 2002 y tiene como objetivos comprobar si la restricción calórica es posible y segura en el ser humano, si sus efectos —reducir el estrés oxidativo y el ritmo del envejecimiento biológico, así como mejorar la función inmunológica y la sensibilidad a la insulina— son los mismos que en modelos animales, y si podrían aparecer efectos inesperados que impidan su recomendación generalizada, como algún deterioro en la función cognitiva o reducción en la densidad ósea. Hasta ahora, de sus resultados se desprende que una restricción del 12% es segura y bien tolerada por seres humanos no obesos.




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